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El severo aire marítimo que rodea la isla
de Menorca marca, a veces fatídicamente, cualquier trabajo
de construcción. La restauración de los vitrales
de la catedral son obra de Eudal Amigó, de finales del
siglo XIX, y no se libraron de la virulencia del aire del mar.
Aunque el primer juicio sobre el estado de los vitrales fue de
"bueno", una inspección más profunda detectó
el efecto de la corrosión sobre la estructura de plomo
y sobre las varillas de hierro de refurzo. Dicho plomo se encontraba
en tal mal estado que literalmente se deshacía por lo que
tuvo que ser sustituido.
El buen estado de las piezas de vidrio y la complejidad del entramado
marcaron la intervención, así como, en la tracería,
el uso de piezas de sustitución esmaltadas y la aparición
de piezas reutilizadas, provenientes de otros vitrales.
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